| |
Allison Borden
 |
“El gran desafío de la educación pública es educar para un país unificado, pero a la vez preservar su diversidad, porque es ahí donde aprendemos a trabajar, vivir juntos y entendernos”.
Cuando se habla de educación se involucra, entre otros elementos, a muchas personas: estudiantes, autoridades de gobierno, padres de familia, supervisores, maestros y, por supuesto, directoras y directores de centros educativos.
Para analizar distintos ángulos del tema, conversamos con la doctora Allison Borden, profesora certificada en educación bilingüe en Estados Unidos, con una maestría en educación primaria y especializada en liderazgo y gestión administrativa de escuelas primarias, desde la óptica de los directores. Es investigadora y docente en la Universidad de Nuevo México.
¿Cuál es el verdadero papel de los directores? Es el rol pedagógico, donde tienen la posibilidad, capacidad y conocimiento para acompañar el trabajo de los docentes, ayudar a mejorar el proceso de enseñanza-aprendizaje y lo que sucede en las escuelas. Un segundo rol es unir los tres pilares de la educación: escuela, familia y comunidad en general.
¿Cómo puede un director coordinarse con los padres y la sociedad? Ella o él es la persona clave al centro de la rueda, con la autoridad y posibilidad de unir fuerzas y hacer alianzas en beneficio de los estudiantes. Es un hecho en todo el mundo que el Estado nunca proporcionará todo lo que requiere una escuela para funcionar, hay que buscar apoyo en la sociedad.
El Ministerio de Educación, entre otras cosas, ha priorizado la educación primaria y de la niña. ¿Qué opina? Entendemos muy bien que si se educa a la mujer, a las niñas, podemos mejorar un país, hay muchos estudios que prueban eso. Si en Guatemala la educación primaria no llega a todos o los niños abandonan la escuela después del primer o segundo grados, y por ello el Ministerio tiene el afán de ampliar la cobertura ¡magnífico! Pero también hay que construir más escuelas porque esa es otra razón de que haya dos o tres jornadas en un mismo centro educativo, aulas llenas y plurigrados, en los cuales la maestra tiene que dividir su atención y tiempo entre grupos muy distintos en términos de su desarrollo, capacidades y talentos.
¿El programa de estudios puede adaptarse a la realidad de los niños? La cuestión no es si el currículo sirve, de hecho sí sirve, el problema es el tiempo y el espacio para desarrollarlo. El pensum más bonito del mundo no ayudará a un niño que comparte el salón con 49 compañeros y recibe la clase de Ciencias una o dos veces a la semana, sin laboratorios. El proceso educativo es una red, no podemos aislar uno de sus elementos y decir que, por eso, todo el sistema no funciona.
Entonces, ¿por dónde empezamos a mejorar? Esa es la pregunta del día, y yo no la voy a contestar, porque creo que las respuestas no deben venir de afuera, sino de adentro, de las necesidades, creencias y valores. No deben ser impuestas. La cooperación es esencial y no necesariamente quiere decir dar dinero, pero para empezar, la comunidad debe tener conciencia de ello.
En todo esto ¿cómo influyen las políticas? Influyen de muchas formas. Primero a nivel de país, un presidente o candidato siempre tiene su plan. En términos generales, todos dicen que la educación es muy importante.
En las oficinas del Ministerio se pueden hacer planes lindos, pero de la política local depende si se implementan las reformas o no, el docente decide lo que hace en el aula. Es en esas políticas comunitarias donde realmente podemos fomentar el cambio.
Por otra parte, el proceso de formar personas es continuo y no puedes esperar que un cambio de hoy tenga un impacto mañana. Ese es el problema con las reformas educativas, no hay continuidad ni tiempo para observar cómo evolucionan y evaluar sus fallas, para corregirlas.
“Un país no puede desarrollarse sin una ciudadanía educada en todos sus sentidos, no basta con saber leer y escribir”.
¿Cree posible institucionalizar la educación inglés-español en Guatemala? Mi pregunta sería ¿por qué la quieren? Estoy a favor si es para competir con países de habla inglesa o porque ésta es una ventaja que abre puertas para entender y entrar a otros mundos. Pero no, si simplemente se debe a que muchos quieren poner un negocio de clases bilingües con la idea de sacar dinero a la gente.
Si las escuelas públicas pueden tener clases en más de un idioma beneficiarán el desarrollo cognitivo de un niño. La verdadera educación bilingüe es la que se ofrece por muchos años y da al joven la posibilidad de desarrollar su capacidad de pensar, de leer y crear en otro idioma. En la práctica será difícil sin maestros realmente preparados y, con sinceridad, hay poca gente capacitada para eso en muchos lados porque es una especialidad en sí.
¿En qué idioma educar en un país plurilingüe, multiétnico y pluricultural? En Guatemala hay indígenas cuyo idioma natal es el mam o quiché. Cuando nos agregan un segundo idioma no debemos perder el materno. Sin embargo, a veces la educación es monolingüe y privilegia el segundo idioma, con lo que restamos valor al primero.
El niño llega a la escuela con miles de palabras y conceptos formados, así es que la idea de que es un pizarrón en blanco está equivocada. En Guatemala hay una cultura rica, de más de dos mil años, y no podemos perder sus idiomas porque al hacerlo perdemos cultura. Cuando le decimos a un niño que tiene que borrar esa parte de su vida, estamos suprimiendo un trozo de su identidad.
El gran desafío de la educación pública es educar para un país unificado, pero a la vez preservar su diversidad. Yo siempre digo que las escuelas son como los laboratorios de la sociedad, porque es ahí donde aprendemos a trabajar, a vivir juntos y entendernos.
¿Qué futuro ve a la educación en Guatemala? Tal vez habrá períodos de estancamiento pero se darán avances, por dos razones: los jóvenes quieren mejor educación, y el mundo lo está exigiendo así.
Su pasión por el tema es notoria, ¿cuándo descubrió que quería dedicarse a la educación? A los cinco años mi tía me llevó a la biblioteca del pueblo, yo ya sabía leer porque mi mamá me enseñó a los tres años. Fuimos a conseguir mi propia tarjeta para sacar libros, ¡yo estaba en mi gloria! Entendí en ese momento la diferencia entre educación y escuela. Aprender es un proceso de toda la vida y para mí, la educación es una pasión.
En la secundaria, mis planes no eran ser maestra, y es triste pero muchos profesores me decían “eres demasiado inteligente para ser docente”. ¡Te imaginas qué mensaje!, ¿acaso no queremos que nuestras maestras sean las más inteligentes posible?
Casi al final del segundo año de biología en la universidad en Massachusetts, leí un anuncio que preguntaba ¿deseas ser maestra de ciencias o de matemáticas? Lo pensé un rato y dije “tal vez”, tomé una tarjeta desprendible, la llené y la envié al Cuerpo de Paz, en Washington. Me mandaron un paquete de materiales al aceptarme en un programa especial donde nos formaron como docentes, nos enseñaron español y terminamos nuestras carreras de bachiller. Y después me enviaron a Honduras, donde descubrí que yo podía ser una buena maestra.
Por Maria Reneé San José
Otros artículos en esta sección
Notas de esta edición
|